La confianza ciega en la ciencia también es un problema

El extremo olvidado: el cientificismo es un obstáculo para el pensamiento crítico.
Cabeza de busto clásico de color blanco, sobre fondo azul, con una venda rosa tapándole los ojos.
Adobe Stock. Imagen generada por IA.

Desde la comunicación científica libramos una batalla contra la desinformación y la desconfianza. Pero ¿y si el exceso de confianza también fuera un problema? Desde un grupo de investigación de la Universidad de Belgrado han publicado un artículo donde revisan la evidencia en el área y argumentan que la investigación ha pasado por alto el cientificismo: la confianza dogmática e injustificada en la ciencia.

En este post analizamos por qué estudiar solo un extremo del espectro podría ser un error y planteamos la necesidad de fomentar una confianza crítica como verdadero objetivo para una sociedad resiliente.

La confianza ciega: un peligro ignorado

La confianza ciega en la ciencia contradice principios fundamentales del propio proceso científico, que promueven el cuestionamiento continuo y la autocorrección. La cuestión no es tanto si hay que confiar, sino cómo hacerlo.

Aunque hay poca investigación sobre el tema, estudios emergentes alertan de las potenciales consecuencias de la confianza acrítica en la ciencia:

  • Incrementa la receptividad a afirmaciones vacías si se acompañan de jerga de apariencia científica, fórmulas o ilustraciones complejas.
  • Aumenta la probabilidad de creer y difundir afirmaciones pseudocientíficas.
  • Se relaciona positivamente con el apoyo a medidas punitivas contra quienes no siguen las recomendaciones científicas (ej. negar la atención sanitaria a quien no se vacuna).

Dos caras de la misma moneda

Además, parece que el cientificismo y el escepticismo radical podrían no ser polos opuestos, sino manifestaciones de un mismo patrón psicológico.

Existen algunas evidencias de que el cientificismo y el escepticismo radical comparten ciertos rasgos de personalidad y estilos cognitivos. Ambos se asocian con el dogmatismo, la necesidad de cierre cognitivo y la intolerancia a la incertidumbre.  Por el contrario, se relacionan negativamente con la apertura a la experiencia, la reflexión y las capacidades cognitivas generales.

Desde el punto de vista de la comunicación esto podría significar que no estamos frente a dos públicos tan distintos, sino a una dificultad común para ejercer un pensamiento crítico y matizado frente a la complejidad científica.

Hacia una confianza crítica: recomendaciones prácticas

El objetivo final debe ser una sociedad capaz de confiar en la ciencia de forma crítica, constructiva y competente. Para ello, los autores proponen ir más allá del "Trust me, I’m a Scientist", que no solo es ineficaz para ganar adeptos, sino que puede resultar contraproducente: en lugar de acercar a los escépticos, profundiza las divisiones sociales y los atrinchera aún más en sus posiciones.

Algunas recomendaciones:

  • Comunicar la ciencia como proceso: explicitar su naturaleza iterativa y autocorrectiva, en lugar de presentar verdades absolutas.
  • Fomentar la transparencia y rendición de cuentas: mostrar los límites, los conflictos de interés y cómo la ciencia interactúa con la sociedad, así como con intereses económicos y políticos. Esto implica acoger y valorar las críticas legítimas, para evitar que la ciudadanía perciba a la ciencia como cómplice de un statu quo injusto.
  • Ofrecer herramientas para construir una mirada crítica: señalar la diferencia entre hallazgos robustos y resultados preliminares, mostrar cómo identificar conflictos de interés y ayudar a entender los límites del conocimiento. 
  • Facilitar que la ciudadanía participe en la ciencia de forma crítica: crear espacios donde expresar preocupaciones no sea visto como un ataque a la ciencia, sino como participación legítima.

En definitiva, la clave es invitar a un diálogo informado sobre cómo se produce el conocimiento, cuáles son sus límites y cómo se entrelaza con la sociedad. Solo así la confianza será robusta, resiliente y merecida.