Un estudio coordinado por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología en el marco del proyecto europeo Iberifier Plus y dirigido por Pablo Cabrera Álvarez (Universidad de Essex, Reino Unido) y Celia Díaz Catalán (Universidad Complutense de Madrid) revela datos clave para comprender el fenómeno de la desinformación científica en España. Además, esta segunda edición de la encuesta, publicada por primera vez en 2022, permite analizar su evolución desde el contexto pospandémico hasta la actualidad.
Los principales hallazgos
- La desinformación científica ya no se concentra en un tema concreto o de crisis, como la COVID-19, ahora atraviesa todos los ámbitos de la vida cotidiana: alimentación, clima, tratamientos médicos o vacunas.
- Las formas de circulación de la desinformación se han complejizado. Las redes sociales siguen siendo los principales canales de recepción de desinformación, pero las conversaciones presenciales y telefónicas superan al canal digital en tasa de propagación reconocida.
- El 32,3% de la población ya usa herramientas de Inteligencia Artificial (IA) semanalmente para informarse sobre ciencia, salud y medio ambiente. Esta tendencia es especialmente acusada entre jóvenes de 16 a 24 años, donde 28,8% recurre a la IA diariamente. Aunque esto no se traduce en confianza: sólo el 33,7% confía en la IA como fuente de información científica.
- Un 51,5% de la población confía en su capacidad para identificar desinformación, pero apenas un 18,1% está seguro de que la persona promedio pueda hacerlo. Este sesgo de superioridad informativa favorece el apoyo a medidas regulatorias externas y no evita necesariamente compartir contenidos falsos.
- El nivel educativo no protege por sí solo frente a la desinformación. Existe un amplio desconocimiento sobre el funcionamiento de los algoritmos de las redes sociales y un escaso uso de herramientas de verificación.
- A pesar de todo, la confianza en la ciencia se mantiene sólida. Un 83,8% de la población española confía mucho o bastante en el personal científico para afrontar problemas de ciencia, salud y medio ambiente.
Experimento: intervenciones sobre la identificación y difusión de desinformación científica
Esta edición incorpora un experimento que analiza qué intervenciones modifican la intención de compartir informaciones científicas falsas. El experimento muestra que las intervenciones más eficaces para reducir la difusión de desinformación científica son las que fomentan una reflexión crítica sobre la credibilidad de los contenidos y la necesidad de verificarlos antes de compartirlos, ya que disminuyen de forma consistente la intención de difundir información falsa, aunque también reducen la de compartir noticias verdaderas.
Por el contrario, centrar la reflexión únicamente en las emociones que genera una noticia aumenta la predisposición a compartir bulos. Además, cuando la evaluación emocional se combina con la verificación crítica, las emociones siguen influyendo y atenúan el efecto protector del pensamiento crítico, lo que sugiere que las emociones intensas pueden sesgar el juicio sobre la veracidad de la información.
Predictores de difusión de la desinformación
El estudio también aporta claves sobre factores que predicen la intención de compartir desinformación científica. La adhesión a teorías conspirativas, el populismo científico y el consumo pasivo de noticias contribuyen de forma significativa a la difusión de contenidos falsos. En cambio, la alfabetización científica y mediática actúan como importantes factores de protección. Además, las mujeres muestran una menor predisposición a compartir desinformación que los hombres, mientras que el nivel educativo no basta para prevenir su difusión si no va acompañado de otros niveles de alfabetización específicos.
Recomendaciones
El estudio ofrece las siguientes recomendaciones prácticas para implementación en España por diferentes actores:
- Adaptar las intervenciones en alfabetización mediática e informacional a los nuevos tiempos, haciendo énfasis en los complejos contextos digitales, incluyendo módulos sobre redes sociales, economía de la atención, lógica algorítmica y diseño persuasivo de plataformas, así como el papel de la IA en la producción y selección de información, sus sesgos, limitaciones y riesgos.
- Promover y reforzar la alfabetización científica para construir una confianza crítica en la ciencia y las instituciones que la conforman. Una confianza acrítica, sin alfabetización científica y mediática, podría convertirse en un factor de vulnerabilidad ante la desinformación que imita las formas del conocimiento científico.
- Los programas de alfabetización deben entrenar de forma deliberada el hábito de verificar los contenidos que provocan reacciones emocionales fuertes.
- Fortalecer la gobernanza de la inteligencia artificial como vector y herramienta frente a la desinformación, exigir trazabilidad y citación de fuentes en las respuestas de IA sobre salud y ciencia, promover el etiquetado de contenidos sintéticos conforme al Reglamento Europeo de IA y garantizar la presencia de fuentes científicas acreditadas en sistemas conversacionales y plataformas digitales para combatir la desinformación.
- Incorporar nudges o estímulos de precisión en las plataformas para que los usuarios reflexionen sobre la credibilidad de los contenidos antes de compartirlos. Sin embargo, se debe evaluar con cuidado el diseño de la intervención, para no perjudicar la circulación de información veraz y de calidad.
- Desarrollar estrategias específicas para el canal conversacional y la mensajería privada, reforzando el papel de mensajeros de confianza y próximos —personal sanitario, farmacias, profesores, personal de bibliotecas públicas, asociaciones, etc.— capaces de intervenir en los entornos interpersonales donde los bulos sobre salud y alimentación circulan con mayor impunidad, al quedar fuera de las intervenciones más comunes. Promover campañas que apelen a las personas como protectoras activas de su entorno frente a la desinformación, fomentando el sentido de pertenencia y evitando el señalamiento individual
- Potenciar la comunicación directa del personal científico y sanitario —los actores con mayores niveles de confianza pública— mediante portavoces especializados y presencia en los canales digitales más utilizados, diferenciando claramente la evidencia científica de las decisiones políticas.
- Desarrollar estrategias específicas para reforzar la confianza de la juventud en la comunidad científica, fomentando el contacto directo con personal investigador, la presencia de fuentes científicas acreditadas en los canales que utilizan para informarse y su participación en el diseño de la comunicación científica.
- Convertir la verificación profesional en una práctica habitual de consumo informativo, aumentando la visibilidad de los desmentidos en medios y plataformas digitales, fortaleciendo la colaboración con actores comunitarios de confianza (educadores, profesionales, asociaciones y medios locales) y garantizando mecanismos de financiación estables e independientes.
- Impulsar una regulación de la desinformación basada en la transparencia, la rendición de cuentas y la supervisión independiente, reforzando las obligaciones de las plataformas sin comprometer la libertad de información.
- Institucionalizar la medición y evaluación continua de la desinformación, incorporando metodologías experimentales para identificar qué intervenciones funcionan mejor según el tipo de contenido, canal y público, y anticipar tendencias emergentes.
