La creciente polarización política, alimentada por discursos antiintelectuales y sumada a escepticismos ya existentes, está erosionado la confianza en la ciencia en ciertos sectores sociales de algunos países. Esta situación no se manifiesta de manera uniforme, pero contribuye a aumentar la preocupación por la relación entre ciencia y sociedad. En España, por ejemplo, existen evidencias de que más de la mitad del personal investigador que comunica ciencia en medios ha sufrido ataques como comentarios cuestionando su capacidad profesional.
Aunque tanto el nuevo informe de Desinformación Científica en España como otros estudios revelan que la credibilidad y la confianza en la ciencia y en la comunidad científica son, en general, altas, el actual contexto ha llevado a parte del personal investigador a percibir que la ciencia está bajo ataque. La solución parece clara: convencer sobre los beneficios sociales de la ciencia. Pero ¿debería ser este un objetivo de la comunicación social de la ciencia?
Esta entrada del blog parte de un comentario de Anne Toomey y Kevin C. Elliot en la revista JCom, donde reflexionan sobre las consecuencias de orientar la comunicación social de la ciencia a la persuasión del público. En respuesta, John C. Besley y colegas apuntan, en otro comentario en la misma revista, que la persuasión sí puede ser útil, pero no como objetivo, sino como herramienta para alcanzar el objetivo que nos planteemos.
El desacuerdo como punto de partida
Ante los desacuerdos es frecuente recurrir al Modelo del Déficit, que sitúa el problema en un público que no acepta el mensaje y la solución en una mayor y mejor transmisión del conocimiento científico. Sin embargo, en la mayor parte de las ocasiones, los desacuerdos con la ciencia no surgen solo de una falta de conocimiento.
La ciencia no es un conjunto de verdades objetivas que simplemente deban comunicarse y aceptarse. Su naturaleza es incierta y está cargada de valores que guían las decisiones que se toman en el quehacer científico: qué preguntas de investigación priorizar, qué evidencias comunicar o usar en políticas públicas, cómo interpretar los resultados, incertidumbres o errores...
Los escepticismos pueden ser parte de un ecosistema sano ciencia-sociedad. Es posible comprender un mensaje científico y, aun así, discrepar de él por motivos relacionados con valores, prioridades, intereses o experiencia personales, lo que refuerza la necesidad de promover una participación pública en ciencia más amplia y diversa.
Partiendo de este contexto, ¿hacia dónde debe dirigirse la comunicación social de la ciencia?
El empoderamiento científico como destino
Según Toomey y Elliott, la comunidad científica ha dirigido la comunicación social de la ciencia hacia la persuasión del público, buscando una "aceptación ciega" de la ciencia. Sin embargo, esto supone el riesgo de invisibilizar los valores y la incertidumbre inherentes a la práctica científica. Así, cuando la evidencia evoluciona o se revisa, esos cambios, propios en el desarrollo de la ciencia, pueden percibirse como incoherencias y acabar socavando la confianza social en ella.
Por eso ambos autores sugieren repensar los objetivos de la comunicación y desplazar el foco hacia el empoderamiento científico, esto es hacia una sociedad que se vale de la ciencia.
Buscar este objetivo significa orientar la comunicación a que las personas comprendan el conocimiento científico, pero también sus límites, valores e incertidumbres, y que lo utilicen en problemas reales y participen en decisiones sobre ciencia. Sobre todo, en comunidades con barreras de acceso a la ciencia, grupos marginados o desatendidos.
La persuasión como herramienta para el empoderamiento
Para que la sociedad se empodere en la ciencia es necesario escuchar sus dudas, preocupaciones y desacuerdos a la par que potenciar la capacidad de cada persona para valerse de ella. Podemos conectar ciencia y sociedad a través del diálogo, iniciativas de participación y esfuerzos sostenidos.
En su respuesta al comentario de Tommey y Elliot en JCom, Besley et al. proponen la persuasión como alternativa para lograrlo. La persuasión puede usarse para guiar la comunicación no tanto hacia la “aceptación ciega” de la ciencia, si no hacia la consideración de sus recomendaciones, haciendo que el público se empodere para tomar decisiones conscientes e informadas.
Incluir técnicas propias de la persuasión puede ayudar en la construcción de diálogos, siendo una herramienta para exponer razones y motivos por los que confiar en las buenas intenciones e integridad de la comunidad científica y animar a las audiencias a compartir sus preocupaciones con ella.
Además, Besley y colegas desafían las críticas al Modelo del Déficit basadas en que la "transmisión del conocimiento científico” por sí misma no cambia mentalidades. Proponen que una adecuada selección, diseño y presentación de la información científica puede conseguir efectos similares, o incluso más inmediatos, que el diálogo o las iniciativas de participación.
En resumen, apuestan por comprender mejor la persuasión para poder utilizarla de forma ética y eficaz en la comunicación científica.
